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RESUMEN
Llevo más de tres décadas participando activamente en la vida política dominicana y tengo la convicción de que la calidad de nuestra democracia no se mide solo por la celebración periódica de elecciones, sino también por la efectividad y la justicia con que funciona el régimen político.
El sistema de partidos es una de las claves para lograr una mejor representación y por eso quiero detenerme en un aspecto que pocas veces discutimos: la manera en que la clase política transmite a las nuevas generaciones aptitudes y actitudes frente a los problemas reales de la sociedad.
Las pasadas elecciones nos dejaron un sabor amargo. El estudio “La abstención electoral en la República Dominicana: voto nacional y en el exterior”, elaborado por el Centro de Asesoría y Promoción Electoral (CAPEL) del Instituto Interamericano de Derechos Humanos, a solicitud de la Junta Central Electoral y presentado en septiembre, revela que el 19% de quienes no votaron en 2024 no encontró un candidato que lo convenciera y que el 14% ya no confía en el sistema político.
Dicho así suena genérico, pero suponga que Carlitos Reyes, de 22 años, que vive en San Gerónimo, es parte de ese porcentaje de la población.
El mismo informe desmiente, sin embargo, que la abstención sea un asunto exclusivo de los jóvenes: la generación Z votó en una proporción cercana al 54%, casi igual que los mayores. El desencanto no tiene edad, pero los jóvenes lo viven con una carga particular, porque son ellos quienes apenas empiezan a construir su vida en el país que esa política administra.
Muchos asocian la política tradicional con escándalos de corrupción y con la percepción de que el poder gobierna para grupos privilegiados. “Ná manita, tú sabe… aquí los políticos lo único que hacen es buscarse lo suyo, ¿le llegate?, aunque tengan, son unos angurriosos, ¿vé?” me dijo un día Bembé, quien a sus 20 años mal vividos en Manganagua expresa esos niveles de desconfianza, a la que se suma la sensación de que los líderes no comprenden ni atienden las necesidades más urgentes de su generación, como el acceso a un empleo digno, a la vivienda y a la estabilidad económica.
Con frecuencia, los partidos acuden a los jóvenes para tareas de superficie o para la movilización en tiempos de campaña, pero los mantienen al margen de los espacios donde realmente se toman las decisiones.
Josefina, peluquera en Azua, dice que hizo campaña en el 24, que pensó que la economía mejoraría, pero en el trayecto hasta hoy lo único que ha visto es su negocio cerrar ahogada en deudas y nadie se acerca por ahí a preguntar si necesita algo. Ella, orgullosa, trabaja para otro salón, pero no ruega.
La política farandulera vs. la inseguridad ciudadana
No es casual que el 74.4% de los consultados en el estudio de CAPEL rechace el clientelismo y el 73.5% el incumplimiento de promesas. La polarización, la escasa autocrítica de muchos dirigentes y la conversión de la política en espectáculo terminan por alejar a quienes buscan formas más honestas y comunitarias de transformar la realidad.
A este panorama se suma una ola de criminalidad que ha convertido la inseguridad en uno de los principales desafíos de la gobernanza.
En el debate público se ha popularizado la expresión “poner en 29”, reflejo del aumento alarmante de muertes de presuntos delincuentes a manos de la Policía Nacional, explicadas casi siempre como “intercambios de disparos”, aunque no suene ni un mito.
La banalización de un juicio sumario: la reducción de una sentencia de muerte a una cifra de dos dígitos.
Cuando esas muertes se vuelven rutina, el llamado 29 corre el riesgo de funcionar como una política de Estado informal, una respuesta de fuerza que ocupa el vacío dejado por un sistema de justicia incapaz de someter a los infractores al imperio de la ley y por la urgencia oficial de contener la delincuencia. Un Estado de derecho no puede permitirse ese atajo.
El efecto en las calles ha sido de revuelo y temor. En poco tiempo, decenas de presuntos delincuentes se entregaron voluntariamente a las autoridades por miedo a caer abatidos por una patrulla.
Al mismo tiempo, una parte considerable de la ciudadanía respalda estas muertes con un argumento que se repite en cualquier esquina: antes de que un delincuente mate a un ciudadano de bien, que la policía mate al delincuente.
Puedo comprender el miedo que alimenta esa frase, pero ninguna democracia puede edificar su seguridad sobre la renuncia al debido proceso.
En medio de esta coyuntura, la embajadora de Estados Unidos en el país, Leah Campos, se reunió con aspirantes a la presidencia y figuras que se presentan como exponentes de la nueva política, y el encuentro tuvo lugar en un colmado de Baní.
Entiendo la intención de acercar el liderazgo diplomático y político a la gente común; aun así, el gesto envía a la juventud mensajes que merecen examen, y llama la atención el silencio que lo ha rodeado. ¿Nadie se ha detenido a analizarlo o preferimos no fijar posición pública?
Ofrecer a los jóvenes la imagen del colmadón como escenario de la política, un espacio donde la bebida, el dominó y la chercha ocupan el sitio que corresponde al debate de ideas y valores, no puede leerse con ligereza como un simple gesto de cercanía.
La sociedad reclama hoy un liderazgo político, social y económico capaz de transformar, que inspire a partir de valores tangibles. La juventud necesita referentes auténticos, empáticos y guiados por un propósito claro.
En un entorno cambiante, digitalizado y atravesado por grandes desafíos globales, las nuevas generaciones buscan líderes que actúen como mentores y cuya conducta sea coherente con su discurso. Ya no basta con dirigir: hace falta comprender las realidades, las preocupaciones y la salud mental de los jóvenes.
En tiempos de incertidumbre, la capacidad de guiar desde la confianza adquiere un valor mayor, porque la juventud, la de ayer y la de hoy, se mueve por causas y si no, miren lo que está ocurrienso en Europa. De ahí la necesidad de un liderazgo comprometido con el medio ambiente, la justicia social y la ética.
Proponer a los jóvenes dominicanos el colmadón y la partida de dominó como punto de encuentro con la política revela una fuerte desconexión con sus necesidades materiales. Por eso su distancia de la política institucional no nace de la apatía, sino de la ausencia de respuestas ante problemas críticos como la falta de empleo y los salarios bajos.
Andrés Sibilio tiene 25 años, vive en San Cristóbal y su sueño es trabajar seguridad informática. Pero ha aplicado 3 veces para una beca internacional que no llega. “Ni siquiera por cortesía me responden. Sé que esa es la mejor vía para sacar a mi familia adelante, pero no soy amigo de ningún político, no cuento con nadie que me ayude”.
En una sociedad donde el bulto, el allante y el movimiento ganan protagonismo en la vida pública y privada, y donde las redes sociales nos han convencido de que el valor de una persona se cuenta en seguidores, “me gusta” y reproducciones, el costo se paga en salud mental: ansiedad, baja autoestima, conductas compulsivas y una imagen de sí mismo medida por métricas digitales.
Aplaudir el circo resulta cómodo porque evita el conflicto, pero rara vez es correcto cuando perpetúa la superficialidad, la manipulación o la injusticia.
Es momento de dejar de comprar la entrada al espectáculo. Los jóvenes no son adorno electoral ni mano de obra para selfis; merecen que cambiemos las prácticas y abramos paso a un verdadero relevo.
Fuente: Acento