Credibilidad y autoridad, claves que el liderazgo político no puede perder

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Por REBECA OLIVET

El marketing político ha cambiado de forma notable en los últimos años. Las redes sociales, los nuevos formatos de contenido y, más recientemente, la inteligencia artificial han abierto espacios para que los líderes políticos comuniquen con más creatividad, cercanía y rapidez.

Hoy es común ver políticos siguiendo tendencias, bailando, grabando videos desde sus teléfonos y usando recursos que hace pocos años parecían impensables en una campaña electoral.

Sin embargo, en medio de tanta innovación, surge una pregunta que considero esencial: ¿qué está exigiendo realmente la política de hoy?

Desde mi experiencia en comunicación política, entiendo que se ha llegado a un punto en el que la creatividad, por sí sola, ya no alcanza.

La ciudadanía no solo busca políticos cercanos, simpáticos o capaces de conectar con las nuevas generaciones. También quiere figuras con carácter, criterio, preparación y capacidad para enfrentar los problemas que afectan sus vidas.

Porque una cosa es lograr que la gente consuma tu contenido y otra muy distinta es conseguir que crea en ti.

La diferencia entre ser popular y ser creíble

En los últimos años han surgido campañas disruptivas que rompieron esquemas tradicionales de comunicación política y transformaron la relación entre candidatos y audiencias.

Un ejemplo es Javier Milei, en Argentina. Su campaña presidencial de 2023 apostó por un lenguaje confrontativo, símbolos poco convencionales como la motosierra y una presencia digital que lo distinguió de buena parte de la clase política tradicional.

Pero sería un error atribuir su victoria únicamente a su estilo comunicacional. Detrás de esa campaña había una propuesta económica claramente identificable, una posición ideológica definida y un contexto de profundo descontento ciudadano.

En Ecuador, Daniel Noboa también desarrolló una campaña con elementos poco convencionales. Desde tendencias en TikTok y colaboraciones con creadores de contenido hasta figuras de cartón de tamaño real que se viralizaron en redes sociales, su estrategia hizo que los propios ciudadanos participaran en la difusión de su imagen política.

Su campaña de 2023 mostró cómo los formatos digitales pueden ir más allá de las publicaciones tradicionales y generar nuevas formas de interacción con el electorado.

Y si se trata de romper esquemas de comunicación, resulta imposible dejar fuera a Donald Trump, en Estados Unidos.

Durante su campaña presidencial de 2024, Trump amplió su presencia en espacios digitales que fueron más allá de los medios tradicionales. Participó en pódcasts de gran audiencia, como el de Joe Rogan, y aprovechó entrevistas de larga duración, plataformas sociales y formatos asociados al entretenimiento para comunicarse con distintos públicos.

Su estrategia evidenció que un candidato no necesariamente tiene que depender de los grandes medios de comunicación para colocar sus mensajes en la conversación pública.

Sin embargo, estos tres casos, con estilos, contextos y propuestas muy diferentes, dejan una reflexión importante: la disrupción puede cambiar la forma de comunicar, pero no sustituye la necesidad de construir una identidad política reconocible.

La creatividad puede hacer que un político sea conocido, pero es su trayectoria, su coherencia y la percepción de su capacidad lo que convierte ese conocimiento en confianza.

Y aquí es donde considero que algunas estrategias de comunicación están perdiendo el enfoque.

Se ha puesto demasiado énfasis en producir contenido atractivo, generar interacciones y aprovechar tendencias, y en ocasiones se olvida lo más importante: qué representa ese político, cuáles son sus causas y qué problemas está preparado para resolver.

Porque una campaña disruptiva puede lograr que todos hablen de un candidato, pero la construcción de credibilidad exige responder una pregunta mucho más importante: ¿qué razones tiene la ciudadanía para confiar en él?

La cercanía no sustituye la capacidad

Esto no implica regresar a una comunicación rígida, excesivamente institucional o distante. Todo lo contrario: la comunicación política actual exige rapidez, creatividad, autenticidad y dominio de los nuevos formatos.

Hoy un político puede grabar una reflexión desde su teléfono, compartir una experiencia cotidiana o explicar una decisión sin necesitar un equipo completo de producción detrás de cada publicación. Y eso también tiene valor.

Durante mucho tiempo se construyeron imágenes políticas demasiado producidas, con equipos siguiendo al candidato a todas partes, fotografías cuidadosamente seleccionadas y videos en los que cada movimiento parecía planificado.

Las nuevas plataformas han abierto espacio para una comunicación menos elaborada y más espontánea. Sin embargo, ser auténtico no significa renunciar a la estrategia, así como ser cercano no significa necesariamente ser creíble.

Un político puede mostrarse todos los días compartiendo con ciudadanos y, aun así, no conseguir que lo identifiquen como alguien preparado para tomar decisiones importantes.

La cercanía debe tener un propósito. No basta con demostrar que se puede estar con la gente; también importa demostrar que se entienden sus problemas.

El caso Bukele: una comunicación construida alrededor de la autoridad y los resultados

Nayib Bukele, presidente de El Salvador, representa otro modelo interesante para analizar desde la comunicación política.

Su estrategia no se ha limitado a usar redes sociales o construir una imagen moderna. Una parte central de su narrativa ha girado alrededor de la seguridad, la autoridad presidencial y la capacidad del Estado para actuar con dureza y firmeza.

Lo esencial es que su caso permite observar cómo una narrativa política puede organizarse en torno a un problema concreto que preocupa a la gente. Hay liderazgos que buscan conectar a través de la autoridad, otros mediante la empatía y otros a partir de una trayectoria de gestión.

La cuestión no es copiar un estilo, sino comprender qué atributos están respaldados por la historia y las acciones de cada líder. Hay políticos cuya historia comunica incluso cuando guardan silencio.

Otro ejemplo especialmente interesante es el de María Corina Machado, en Venezuela. Su trayectoria de más de dos décadas en la oposición, su inhabilitación para competir en las elecciones presidenciales de 2024 y su papel en la movilización opositora han construido una identidad política asociada a la resistencia y a la demanda de cambio.

En su caso, los abrazos, los encuentros con ciudadanos y las manifestaciones públicas tienen un significado que va más allá de la imagen. Para muchos de sus seguidores, su presencia representa una historia compartida y una esperanza política.

Esto lleva a una dimensión de la comunicación que a veces se subestima: el valor de la trayectoria. Hay momentos en los que un líder no necesita pronunciar un gran discurso. Su historia ya le ha dado significado a su presencia.

Por supuesto, la movilización y la conexión emocional tampoco sustituyen la necesidad de propuestas, organización y capacidad de gestión. Pero demuestran que una marca política no comienza cuando se enciende una cámara.

Se construye mucho antes, a través de decisiones, posiciones, experiencias y vínculos con la ciudadanía.

La política necesita algo más que políticos que sepan comunicar

Creo que el gran desafío de la comunicación política actual no es escoger entre una campaña tradicional o una campaña disruptiva.

El reto es entender que ambas pueden fracasar cuando no existe una identidad política sólida detrás. Es necesario seguir innovando, explorar formatos, incorporar tecnología y encontrar maneras más humanas de comunicarse.

Pero también hace falta trabajar la preparación, las causas, la trayectoria, el criterio y la capacidad de los líderes para responder a los desafíos de su sociedad, comprendiendo bien a quiénes representan, qué defienden y por qué la ciudadanía debería confiar en ellos.

Porque al final, una campaña puede hacer que millones de personas conozcan un nombre, pero eso no significa que estén dispuestas a confiar su futuro a esa persona.

La gente puede consumir contenido, compartir videos y regalar miles de likes. Pero cuando llega el momento de confiar, la pregunta es mucho más profunda: ¿este líder tiene lo necesario para representarme? Y esa respuesta no se construye con una tendencia. Se construye con historia, coherencia, carácter y acciones.

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