La demagogia patriotera

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John Vladimir Bencosme

Santo Domingo – may. 14, 2026

Hay algo profundamente sospechoso en la facilidad con que ciertos sectores invocan la patria. La palabra aparece con demasiada frecuencia en boca de quienes menos sacrificios hacen por ella. Se agita la bandera, se dramatiza la soberanía, se fabrican enemigos externos y, de repente, todo debate complejo queda reducido a una consigna emocional. Debo admitir que nunca me han gustado los discursos patrióticos ni soberanistas. No necesariamente la idea de nación, ni el legítimo sentido de pertenencia colectiva, sino el discurso mismo. Suelen venir cargados de demagogia, oportunismo y una peligrosa simplificación de la realidad.

En muchos casos, el patriotismo funciona más como un recurso de manipulación que como una expresión auténtica de compromiso nacional. Se convierte en una herramienta para suspender el pensamiento crítico. Quien cuestiona algo pasa a ser acusado de antipatriota. Quien exige racionalidad frente a la emoción colectiva termina señalado como enemigo interno. Es una lógica vieja, pero extraordinariamente efectiva.

La historia está llena de dirigentes que encontraron en el nacionalismo emocional la forma más rápida de acumular poder. No porque resolvieran problemas estructurales, sino porque lograron sustituir las preguntas difíciles por símbolos. La patria, en esos casos, deja de ser una responsabilidad compartida y se convierte en un espectáculo retórico. Una especie de escudo moral que pretende colocar ciertas decisiones fuera del alcance de la crítica.

El problema de los discursos soberanistas no es únicamente su tono grandilocuente. Es que muchas veces encubren enormes vacíos. Gobiernos incapaces de construir institucionalidad sólida apelan constantemente a la defensa nacional. Liderazgos sin resultados concretos buscan legitimidad en la exaltación patriótica. Y sectores políticos sin propuestas económicas coherentes descubren que siempre resulta más rentable movilizar emociones que explicar políticas públicas.

La paradoja es evidente: los países más sólidos institucionalmente rara vez necesitan gritar su patriotismo. Su estabilidad descansa en instituciones funcionales, seguridad jurídica, productividad, educación y confianza social. La fortaleza nacional no suele anunciarse con estridencia. Se construye.

Eso no significa renunciar a la identidad nacional ni despreciar el valor histórico de la soberanía. Toda nación necesita cohesión, memoria y sentido de continuidad. Pero una cosa es entender la importancia histórica de la nación y otra muy distinta convertir el patriotismo en un instrumento permanente de agitación emocional.

Las sociedades maduras deberían desconfiar de quienes hablan demasiado de patria mientras destruyen las bases materiales que la sostienen. Porque la soberanía real no se mide por la cantidad de consignas pronunciadas ni por la intensidad de los discursos. Se mide por la capacidad de un país para construir instituciones serias, generar prosperidad, proteger derechos y producir estabilidad.

A veces, el exceso de patriotismo verbal no es señal de fortaleza nacional. Es exactamente lo contrario: una forma de ocultar fragilidades que no pueden resolverse desde la emoción, sino desde la responsabilidad.

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