Familia acusa a policías de matar a un joven y borrar la escena en El Almirante

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En el Bateicito Monserrat de El Almirante, en el municipio de Santo Domingo Este, la mañana seguía con música alta en el colmado, gente en la calle, vecinos en sus galerías y negocios abiertos. Lo que cambió fue la casa de Edwin Víctor Juste.

En la habitación que compartía con su madre antes de que, según sus familiares, agentes de la Dirección Central de Investigación (Dicrim) lo mataran, quedó una huella de sangre en la pared. Ese rastro fue lo único que no logró borrar la mujer policía que, de acuerdo con la denuncia de la familia, pasó dos horas limpiando la escena.

Testigos aseguran que, tras matarlo mientras estaba acostado, alrededor de las ocho y media de la mañana del martes 3 de noviembre, y subir su cuerpo a una camioneta, los agentes fueron a un colmado de la comunidad. Allí compraron detergente y comenzaron a limpiar.

Eso es lo que más desconcierta a su madre, Mariel Juste, quien dice que no entiende por qué, además de quitarle la vida, también se llevaron su sangre. En la comunidad también afirman que rompieron cámaras de seguridad, les quitaron los celulares a quienes estaban presentes y formatearon los teléfonos.

«Se llevaron el disco duro del colmado y lo devolvieron limpio», asegura uno de los presentes.

Además, destruyeron la tapa de registro del conjunto de pequeños apartamentos color naranja donde Edwin vivía con su familia. Según los testigos, horas después los policías enviaron a alguien para repararla. El cemento sigue fresco.

De acuerdo con algunas personas, Edwin estaba solo y los agentes del Dicrim eran casi 20.

Espera

Sus padres y su hermana seguían esperándolo. Durante la visita realizada por Diario Libre, y pese a que ya habían pasado 24 horas, los familiares no habían podido retirar su cuerpo de la morgue del cementerio Cristo Redentor. Un pastor les prometió ayuda.

Su padre, Víctor Edesse, esperaba sentado sobre una de las sillas blancas que serían colocadas para el velatorio.

Edwin era hijo de inmigrantes haitianos. Tenía 28 años, nació el 11 de diciembre en el antiguo Hospital Morgan y su padre, ebanista, lleva 48 años en el país.

Su madre trabaja como empleada doméstica. Aunque no sabe leer, limpiando casas logró que su hijo terminara el bachillerato y se convirtiera en electricista.

«Mi muchacho era muy agresivo. Peleaba, pero otras cosas no. Lo que más me duele es que no me digan de qué delito le acusaban. No vino un fiscal con una orden de arresto a buscarlo preso, para que, si cometió un delito, cumpliera condena», lamenta Víctor.

La familia también dice que en la Policía les informaron que habían matado a un desconocido. «¡Un desconocido!», repite con rabia el señor Víctor. «¡Un desconocido!»

La comunidad donde vivía Edwin era muy unida y la mayoría se conoce desde hace varios años. Él se crió en la zona. Los vecinos mantenían cierta distancia, aunque una señora se acercó para llevarle un jugo a la madre de Edwin.

Lo único que sostenía a Mariel era un trago de café amargo que alguien le había dado el día anterior y cuyo origen no recordaba.

Aunque ya era adulto, Edwin siempre dormía con su mamá. En la misma cama en la que mataron a su hijo, Marie durmió la noche anterior al día en que habló con Diario Libre. Extendió la mano para comprobar si él estaba allí, pero solo sintió frío.

«Se lo comieron dentro de mi casa. ¡Yo no sé cuándo se me va a acabar este dolor!», grita la mujer. «¿Hasta dónde van a llegar? ¿Cuándo maten a to’…? ¿Hasta que nada más haya policías?»

Falta la evidencia

«No hay condenas sin pruebas». Esa frase, pronunciada por el director de la Policía Nacional, mayor general Ernesto Rafael Rodríguez García, la recuerda José Luis García, representante del Comité Dominicano de los Derechos Humanos en El Almirante.

El titular de la uniformada respondió de esa manera cuando lo interpelaron por una querella presentada por un grupo de abogados debido a las muertes ocurridas en operativos policiales.

García escuchó los disparos que acabaron con la vida de Edwin. No pudo hacer mucho porque los agentes impidieron el paso. Como dirigente comunitario, dice que conoce quién se dedica a qué en el barrio y sostiene que Edwin era un «muchacho de nada». La noche antes de su muerte lo vio trabajando como parqueador de carros para uno de los negocios de la zona.

La familia de Edwin mantiene muchas dudas sobre lo ocurrido.

También se pregunta por qué, en la fotografía difundida después de su muerte y en la que aparece como buscado por la Justicia, el muchacho sostiene una pistola con los cinco dedos de una mano cuando a él le faltaba uno, que perdió durante una pelea a los 16 años.

Mientras tanto, la familia sigue esperando el último regreso de Edwin. Su madre tenía un plan funerario que no esperaba usar. Ese plan cubre las sillas, el café y también la excavación del hoyo.

A Lucía, hermana de Edwin, unas personas a las que identificó como representantes del Instituto Nacional de Ciencias Forenses le dijeron que debía pagar 6,000 pesos para que le entregaran el cuerpo. Le explicaron que era porque el muchacho era extranjero.

Mientras tanto, las sillas blancas permanecieron allí, esperando al muerto.

  • Los videos y testigos que contradicen los intercambios de disparos

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