Lula: veinte días para torcer el destino

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Por John Vladimir Bencosme

Veinte días bastaron para desmentir una certeza que empezaba a instalarse en Brasil: que la victoria de Flávio Bolsonaro era inevitable. En la primera vuelta del 4 de octubre, el candidato del Partido Liberal había obtenido el 47,03 % de los votos, frente al 45,16 % de Luiz Inácio Lula da Silva. Tres semanas después, Lula se impuso en el balotaje con el 51,79 % y conquistó un cuarto mandato. Entre ambos resultados hubo una movilización territorial capaz de recuperar electores y una disputa institucional cuyo alcance trasciende estas elecciones: quién controla las condiciones en las que los ciudadanos forman su voluntad política.

La remontada obliga a revisar un error frecuente del análisis electoral: confundir una ventaja con un desenlace. La primera vuelta distribuye votos y produce expectativas. Puede sembrar resignación entre quienes quedan detrás e inducir al puntero a administrar una victoria que todavía no existe. El PT quebró esa inercia. Volvió a disputar cada voto en las calles y en las pantallas, y convirtió la desventaja en un motivo de movilización.

Pero atribuir el resultado únicamente a la eficacia de la campaña dejaría fuera una dimensión central del proceso: el poder de las plataformas para decidir qué mensajes circulan, a quiénes llegan y bajo qué condiciones. Una candidatura puede disponer de organización, recursos y respaldo popular y, aun así, encontrar obstáculos para comunicarse con sus electores. Cuando unas pocas empresas concentran buena parte de la distribución del discurso político, sus decisiones adquieren consecuencias que exceden cualquier relación comercial.

El conflicto con Meta expuso esa tensión. La campaña de Lula denunció restricciones en sus cuentas publicitarias y dificultades para difundir sus mensajes. La corporación estadounidense reconoció incidentes que atribuyó a problemas técnicos y negó haber favorecido deliberadamente a su adversario. La distinción importa: admitir una falla no equivale a reconocer una intervención partidista. Pero invocar su origen técnico tampoco resuelve el problema de sus efectos.

En una campaña de apenas tres semanas, las horas perdidas cuentan. Restablecer una cuenta publicitaria no devuelve el momento en que un mensaje debía llegar a sus destinatarios. La explicación puede esclarecer lo ocurrido; difícilmente recupera la oportunidad. Desde el punto de vista electoral, la cuestión exigía determinar si esas restricciones habían producido una desventaja y qué medidas podían corregirla, aun cuando no estuviera probada una intención de favorecer a otro candidato.

Ahí adquirió relevancia la intervención del Tribunal Superior Electoral. Exigió explicaciones sobre la distribución de contenidos y la publicidad, reclamó igualdad de trato y reunió a representantes de Meta con ambas campañas. También ordenó a Meta y X presentar información técnica, bajo amenaza de multas. Con ello sometió a control institucional mecanismos de intermediación que suelen funcionar fuera del alcance de quienes padecen sus decisiones.

Sería excesivo afirmar que esas resoluciones decidieron la victoria de Lula. Sí cabe reconocer su valor como defensa de las condiciones de competencia. La movilización del PT y la vigilancia electoral actuaron en planos distintos, pero relacionados: llegar a los votantes requiere capacidad política y garantías de acceso. Una democracia no puede desentenderse de estas últimas cuando la conversación pública depende de infraestructuras privadas.

La victoria tiene, además, una consecuencia regional. Brasil frenó la sucesión de triunfos de la derecha y preservó, junto con el México de Claudia Sheinbaum, un contrapeso de considerable peso económico y diplomático frente a la influencia de Donald Trump. Esa convergencia deja margen para defender intereses propios y negociar desde una posición de mayor autonomía.

El conflicto digital permite entender hasta dónde se extiende hoy esa autonomía. Los Estados negocian aranceles y tratados, pero también deben hacer cumplir sus reglas electorales a empresas capaces de alterar la circulación del debate público. La soberanía se juega igualmente en esa capacidad.

Brasil deja una pregunta que ninguna democracia puede eludir: ¿de qué sirve garantizar la igualdad ante las urnas si se acepta, sin examen, la desigualdad en el acceso a los electores? Las plataformas tienen derecho a administrar sus servicios. Las condiciones de una elección deben poder ser examinadas por una autoridad pública.

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