¿Y David qué piensa?

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Las Primicias.- Hay políticos que eligen cuidadosamente sus respuestas. David Collado parece haber llevado la fórmula un poco más lejos: elige también las preguntas.

Después de seis años como ministro de uno de los gobiernos más expuestos de nuestra historia reciente, resulta difícil recordar a Collado sometido a una entrevista verdaderamente incómoda sobre los grandes problemas nacionales. No porque esos problemas no existan, sino porque su extraordinaria maquinaria de relaciones públicas ha conseguido mantenerlos fuera de su perímetro comunicacional.

David habla cuando quiere hablar, donde quiere hablar y, con demasiada frecuencia, sobre lo que quiere hablar.

La estrategia es impecable para proteger una imagen. Mucho más discutible para alguien que pretende construir liderazgo nacional.

¿Qué piensa David Collado sobre el sistema eléctrico dominicano?

¿Qué piensa sobre la situación fiscal y sobre la posibilidad de que el país necesite nuevos impuestos o una reforma tributaria?

¿Cuál es su posición frente a la inmigración haitiana y hasta dónde entiende que debe llegar la política migratoria?

¿Qué piensa sobre la seguridad ciudadana?

¿Qué opinión tiene sobre el deterioro de determinados servicios públicos?

¿Qué decisiones difíciles estaría dispuesto a respaldar aunque fueran impopulares?

Sabemos sorprendentemente poco.

Y no estamos hablando de un ciudadano que observa el Gobierno desde la acera de enfrente. Tampoco de un dirigente opositor al que todavía no le corresponde responder por las políticas públicas.

David Collado es ministro de este Gobierno desde 2020.

Este también es su Gobierno.

Por eso resulta políticamente demasiado cómodo construir durante seis años una especie de jurisdicción comunicacional propia en la que solo se responde por aquello que ocurre dentro de determinados límites.

Administrativamente puede hacerlo. Políticamente es otra cosa.

Un ministro de Turismo no tiene que explicar por qué se produjo un apagón. Pero un dirigente con aspiraciones presidenciales sí debería decir qué piensa del modelo eléctrico que algún día podría tener que administrar.

No tiene que responder por las cuentas del Ministerio de Hacienda. Pero debería explicar qué haría frente al problema fiscal.

No dirige Migración ni la Policía Nacional. Pero quien pretende dirigir el Estado debería tener posiciones conocidas sobre inmigración y seguridad.

Ese es precisamente el problema de escoger las preguntas.

Cuando un político controla excesivamente los escenarios en los que comparece, puede terminar construyendo una imagen pública extraordinariamente resistente, pero también incompleta.

La política nacional no es una conferencia de prensa organizada por un departamento de relaciones públicas.

Aquí las preguntas no siempre son agradables.

Un presidente no puede levantarse por la mañana y decidir que ese día solamente hablará de aquello que beneficia su posicionamiento. Tampoco puede escoger al periodista más conveniente, delimitar previamente el terreno de la conversación y abandonar el escenario cuando comienzan los temas incómodos.

Gobernar significa responder incluso aquello que uno preferiría que no le preguntaran.

Y Collado tiene una responsabilidad adicional.

No puede presentarse como una figura separada de la administración de Luis Abinader. Lleva seis años sentado en la mesa del Gobierno. Es parte de ella y, por tanto, comparte políticamente sus decisiones.

La corresponsabilidad gubernamental no depende del ministerio que aparece escrito en la puerta del despacho.

Si mañana pretende suceder a este Gobierno, tendrá que explicar qué piensa sobre los problemas que este Gobierno deja pendientes. Y tendrá que hacerlo sin la protección de una agenda cuidadosamente seleccionada.

Porque hasta ahora conocemos bastante bien al David Collado que responde las preguntas que quiere responder.

Nos falta conocer al que responde las que no quiere.

Y quizás esas sean las preguntas que realmente permiten saber de qué está hecho un candidato presidencial.

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