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RESUMEN
Las recientes protestas en Francia y otros países europeos no implican necesariamente un alejamiento de los ciudadanos de la política, sino una transformación de la participación y un cuestionamiento a la respuesta de los partidos y las instituciones frente a las demandas sociales. El aumento del costo de vida, las dificultades para acceder a una vivienda y la incertidumbre sobre el futuro, sobre todo entre los jóvenes, se suman a una creciente desconfianza hacia los gobiernos y sus promesas electorales.
Así lo plantea la politóloga española Araceli Mateos Díaz, doctora en Ciencia Política y profesora titular de la Universidad de Salamanca, al analizar las movilizaciones europeas como una expresión de crisis de representación y, al mismo tiempo, como una mutación de la participación ciudadana. En una entrevista con Diario Libre, la investigadora especializada en comportamiento electoral, cultura política y opinión pública aborda las causas del descontento, el papel de las redes sociales y las lecciones para América Latina y la República Dominicana.
Crisis de representación
Mateos Díaz entiende que las protestas europeas pueden leerse como una crisis de representación política y también como una transformación de los mecanismos tradicionales de participación ciudadana. Sin embargo, descarta que eso signifique necesariamente una pérdida de interés por los asuntos públicos.
«Creo que posiblemente estemos ante las dos cosas, pero no ante un distanciamiento que refleje alejamiento de los ciudadanos de la política», explica.
La politóloga, directora de la Revista América Latina Hoy, cita las movilizaciones contra los recortes presupuestarios en Francia durante 2025 y las protestas estudiantiles de septiembre de 2026 como ejemplos de cómo ciertas reivindicaciones pueden ampliarse hasta convertirse en expresiones de descontento más general.
Según su valoración, estas manifestaciones muestran también que hay sectores de la población interesados en informarse, participar y cuestionar las prioridades de las autoridades.
El uso de plataformas digitales ha facilitado convocatorias más rápidas y visibles, aunque al mismo tiempo abre interrogantes sobre quién representa a los manifestantes y cuáles deben ser las prioridades institucionales.
El malestar juvenil
El deterioro de las condiciones económicas y la pérdida de confianza en los gobiernos aparecen, según Mateos Díaz, como dos factores estrechamente vinculados, por lo que resulta difícil separarlos con claridad.
Aunque afectan a distintos grupos de edad, sostiene que los jóvenes viven una situación especialmente compleja por el incremento del costo de vida y las dificultades para acceder a una vivienda.
La especialista explica que las nuevas generaciones perciben que necesitarán mucho más tiempo para alcanzar niveles de bienestar que sus padres lograron más temprano.
Esa percepción influye en las expectativas individuales y colectivas, y alimenta una visión pesimista sobre el futuro.
En ese escenario, Mateos Díaz subraya la relevancia de las promesas electorales, las decisiones gubernamentales y los resultados concretos de las políticas públicas, por su impacto en la confianza ciudadana.
Protestas y violencia
Uno de los principales riesgos al analizar las movilizaciones europeas, de acuerdo con la politóloga, es asociar de forma automática las protestas con la radicalización y la violencia.
«Creo que es importante no confundir radicalización política, protestas y violencia. Una protesta puede plantear transformaciones profundas o radicales y mantener un carácter completamente pacífico», afirma.
Mateos Díaz señala que los episodios violentos suelen responder a una combinación de factores y a la participación de grupos con objetivos distintos de los que originaron las manifestaciones.
También considera decisiva la actuación de las autoridades, en particular la relación entre los cuerpos policiales y los manifestantes, capaz de intensificar o reducir los enfrentamientos.
La politóloga, quien dirige actualmente el Máster Universitario en Ciencia Política de la Universidad de Salamanca, advierte sobre el riesgo de que los actos violentos terminen desplazando las reivindicaciones que dieron origen a las protestas.
En ese sentido, sostiene que muchos de los incidentes registrados en Francia, España y otros países europeos no necesariamente fueron promovidos por los organizadores de las movilizaciones.
Confundir la actuación de grupos violentos con el comportamiento del conjunto de los manifestantes puede distorsionar la comprensión del fenómeno y de sus demandas, señala.
Nuevos liderazgos
Las redes sociales han cambiado de forma profunda la organización de las protestas y han reducido los recursos necesarios para convocar movilizaciones multitudinarias.
De acuerdo con Mateos Díaz, en la última década ha aumentado la participación política articulada mediante plataformas digitales, un fenómeno que no siempre depende de organizaciones permanentes ni de dirigentes claramente identificados.
En algunos casos surgen referentes digitales capaces de impulsar una movilización concreta, aunque eso no implica un liderazgo único o duradero.
La politóloga no cree que la ausencia de dirigentes tradicionales sea necesariamente un obstáculo para alcanzar acuerdos.
Por el contrario, entiende que los responsables políticos deben construir mecanismos para identificar el clima de opinión antes de que el malestar social derive en movilizaciones de gran impacto.
Además, plantea la necesidad de aplicar procedimientos más inclusivos que permitan integrar a distintos sectores de la sociedad en la búsqueda de soluciones y en la toma de decisiones.
Lecciones para República Dominicana
Mateos Díaz considera que las experiencias europeas dejan enseñanzas para América Latina, una región con una larga trayectoria de movilizaciones ligadas a la desigualdad, la corrupción, la falta de oportunidades y la desconfianza hacia las instituciones.
La diferencia, explica, está en los contextos políticos y en la capacidad de cada sistema institucional para canalizar las demandas ciudadanas.
En el caso de la República Dominicana y de los demás países latinoamericanos, identifica tres señales que los gobiernos deberían observar con atención: el aumento de la desconfianza política entre los jóvenes, la percepción de que los partidos no representan sus intereses y la distancia entre las expectativas ciudadanas y los resultados de las políticas públicas.
La especialista aclara que las manifestaciones no representan necesariamente una amenaza para la estabilidad política.
«Muchas veces es una señal de que los mecanismos habituales de representación no están funcionando adecuadamente», sostiene.
Para Mateos Díaz, la principal enseñanza que dejan las movilizaciones europeas es que la legitimidad de las instituciones requiere algo más que la celebración periódica de elecciones.
«La estabilidad institucional no depende únicamente de ganar elecciones, sino también de la capacidad de escuchar y pulsar a la ciudadanía, y responder a sus demandas a tiempo», concluye.