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RESUMEN
El Niño se fortalece y podría alcanzar una intensidad muy fuerte antes de terminar 2026. La agricultura y la ganadería ya sienten sus efectos, mientras la degradación de los suelos reduce la capacidad del campo para resistir sequías e inundaciones. República Dominicana figura entre los países expuestos.
La agricultura mundial enfrenta una presión climática cada vez más difícil de manejar. Sequías prolongadas, lluvias concentradas en períodos cortos, temperaturas extremas y degradación de los suelos están alterando los ciclos de siembra, reduciendo la disponibilidad de agua y afectando los pastos de los que depende la ganadería.
El fenómeno de El Niño vuelve a situarse en el centro de esa amenaza.
La Organización Meteorológica Mundial confirmó este mes que el actual episodio continuará fortaleciéndose y podría convertirse en un evento de intensidad muy fuerte antes de alcanzar su máximo hacia finales de 2026. La probabilidad de que persista hasta febrero de 2027 es cercana al 100 %.
El calentamiento de las aguas del Pacífico tropical modifica los patrones de lluvia y temperatura en distintas regiones del planeta. El resultado no es igual en todas partes: mientras determinadas zonas reciben menos precipitaciones y sufren sequías, otras quedan expuestas a lluvias intensas e inundaciones.
Para el campo, ambos extremos pueden resultar destructivos.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO, analizó 41 años de imágenes satelitales para identificar las zonas agrícolas históricamente más afectadas durante episodios fuertes y muy fuertes de El Niño. El estudio encontró áreas de Centroamérica y el Caribe donde la probabilidad de sequía agrícola supera el 50 % durante los próximos meses.
El Corredor Seco centroamericano ya ofrece una imagen de lo que puede ocurrir.
La falta de lluvias ha golpeado las cosechas de maíz y frijoles y deteriorado los pastos utilizados para alimentar el ganado. El Centro Común de Investigación de la Comisión Europea reportó este mes graves afectaciones agrícolas asociadas a El Niño y señaló que Honduras y El Salvador han declarado emergencias ante la situación.
En zonas rurales salvadoreñas, los efectos son visibles: suelos resecos, semillas que no germinan, fuentes de agua disminuidas y ganado perdiendo peso. La sequía está afectando simultáneamente la agricultura y la producción pecuaria, aumentando la presión sobre familias que dependen directamente del campo para obtener alimentos e ingresos.
República Dominicana también está expuesta
El problema no termina en Centroamérica.
La FAO identifica a República Dominicana entre los territorios del Caribe con mayor riesgo de sequía agrícola asociada al actual episodio de El Niño. Los pronósticos utilizados por el organismo indican una probabilidad de 70 % de precipitaciones por debajo de lo normal en la región analizada.
El comportamiento del clima dominicano durante 2026 muestra además una paradoja que preocupa especialmente a la agricultura: primero demasiada agua y después el riesgo de que falte.
Las lluvias excesivas registradas durante los primeros cuatro meses del año redujeron las áreas sembradas de arroz. Como consecuencia, la FAO proyectó que la principal cosecha arrocera de 2026 estaría ligeramente por debajo del promedio.
Pero desde julio el escenario cambió. Los pronósticos comenzaron a indicar precipitaciones inferiores a las normales para el resto del año, lo que puede disminuir el agua disponible para riego y afectar las próximas siembras.
El país enfrenta así dos extremos dentro de un mismo año agrícola: exceso de precipitaciones durante una parte del ciclo y amenaza de déficit de agua durante la siguiente.
La dependencia externa aumenta la vulnerabilidad. Aproximadamente el 60 % de los cereales consumidos en República Dominicana procede de importaciones, según la FAO. Esto significa que una alteración climática de las grandes regiones productoras internacionales también puede terminar trasladándose a los precios locales de los alimentos.
El otro problema está debajo de los cultivos
Mientras sequías e inundaciones concentran la atención inmediata, otro proceso avanza de manera menos visible: el deterioro de los suelos.
La FAO advirtió este mes que la degradación continúa empeorando en numerosas regiones del planeta. Su evaluación mundial de 2026 identifica la erosión como la amenaza más grave para la salud de los suelos.
En el 81 % de las evaluaciones regionales estudiadas, la gestión contra la erosión fue considerada deficiente o muy deficiente. En el 65 % se registró además un deterioro desde 2015.
El problema tiene consecuencias directas para la producción de alimentos. Más del 95 % de los alimentos que consume la humanidad depende de los suelos, que además almacenan y filtran agua.
Cuando la tierra pierde materia orgánica y cobertura vegetal disminuye su capacidad para absorber y retener humedad. Una lluvia intensa puede entonces arrastrar la capa superficial fértil; después, cuando llega la sequía, ese mismo terreno dispone de menos agua almacenada para sostener los cultivos.
Se crea así un círculo difícil de romper: las lluvias extremas erosionan la tierra y las sequías posteriores encuentran suelos cada vez menos capaces de resistir la falta de agua.
Agricultura y ganadería en la primera línea
La ganadería también queda expuesta. La reducción de las precipitaciones disminuye la disponibilidad de pastos y agua, deteriora la condición física de los animales y aumenta el costo de mantenerlos. Los episodios anteriores de El Niño dejaron pérdidas de ganado y degradación de pastizales en distintas regiones agrícolas.
El antecedente de 2015 muestra la magnitud que puede alcanzar el problema. Durante aquel episodio de El Niño, El Salvador perdió alrededor del 60 % de sus cultivos de maíz y unas 190,000 personas enfrentaron inseguridad alimentaria, según datos recopilados por la FAO.
Ahora el fenómeno regresa en un escenario de temperaturas globales más altas y suelos sometidos a mayores presiones.
La OMM estima que la anomalía promedio de temperatura superficial del mar en la región Niño 3.4 podría alcanzar aproximadamente 3.6 grados Celsius durante el trimestre septiembre-noviembre de 2026, con el proceso de intensificación extendiéndose hacia noviembre y diciembre.
La amenaza para la producción agrícola ya no proviene únicamente de que llueva poco o demasiado. El problema es la creciente irregularidad: temporadas que comienzan tarde, períodos secos más prolongados, precipitaciones intensas concentradas en pocos días y temperaturas elevadas que aumentan la evaporación y la demanda de agua.
Para millones de agricultores, esos cambios significan sembrar con una incertidumbre cada vez mayor.
Y cuando falla el campo, las consecuencias terminan lejos de las parcelas: menos alimentos disponibles, mayores costos de producción, presión sobre los precios y una dependencia creciente de las importaciones.