La dictadura de los extremos

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Por John Vladimir Bencosme Guzmán

Uno de los rasgos más inquietantes del discurso político contemporáneo es su incapacidad para reconocer la existencia del matiz. La lógica de los extremos ha terminado por secuestrar el debate público hasta imponer una clasificación tan elemental como falsa: quien no está conmigo, necesariamente está con el otro extremo. No hay espacio para posiciones intermedias, para la duda, para la ponderación ni para el pensamiento independiente. Solo existen bandos.

Es una forma particularmente pobre de comprender la realidad. Reduce la complejidad de la sociedad a una guerra de trincheras donde toda discrepancia se interpreta como traición y toda coincidencia parcial como adhesión absoluta. Así, quien critica a la izquierda es catalogado de ultraderechista. Quien cuestiona a la derecha es inmediatamente convertido en un radical de izquierda. La identidad política deja de construirse por las ideas propias y pasa a definirse por las etiquetas que otros deciden imponer.

Esta manera de pensar no nace de la fortaleza intelectual, sino de su ausencia. Clasificar resulta más cómodo que comprender. Descalificar exige menos esfuerzo que argumentar. Y caricaturizar al adversario siempre será más sencillo que responderle.

Los extremos necesitan esa simplificación porque viven de ella. Su narrativa requiere enemigos absolutos y le incomoda cualquier zona gris. El ciudadano que reconoce virtudes y defectos en ambos lados representa una amenaza para esa lógica binaria. Es mucho más difícil movilizar emociones cuando alguien insiste en analizar los hechos antes que las consignas.

La paradoja es evidente. Mientras los extremos se presentan como la voz del pueblo, la inmensa mayoría de las personas no vive instalada en ellos. La experiencia demuestra que la mayor parte de la sociedad busca estabilidad antes que revolución; acuerdos antes que confrontación; soluciones antes que relatos épicos. La moderación suele ser silenciosa, precisamente porque no necesita gritar para existir.

El equilibrio no constituye una posición tibia ni una renuncia a los principios. Al contrario. Exige una disciplina intelectual que los radicalismos desconocen: aceptar que ninguna corriente política posee el monopolio de la verdad y que las buenas ideas pueden surgir en cualquier espacio. Gobernar una sociedad compleja demanda esa capacidad de combinar, corregir y adaptar, no la obsesión de demostrar que un extremo siempre tiene razón.

La historia ofrece suficientes ejemplos de los costos de esa visión excluyente. Los grandes fracasos políticos rara vez comenzaron con una discusión sobre políticas públicas; casi siempre empezaron cuando alguien decidió que solo existían dos opciones posibles y que cualquier postura distinta merecía ser expulsada del debate.

Quizás el verdadero problema no sea la existencia de los extremos. Siempre los habrá. El problema comienza cuando logran convencer al resto de que el mundo solo puede entenderse desde su propia lógica. Entonces desaparece el diálogo, la discrepancia se vuelve sospechosa y la moderación termina siendo tratada como una forma de cobardía.

Pero la realidad suele ser menos dramática que los discursos. La sociedad no está hecha únicamente de extremos enfrentados. Está formada, sobre todo, por ciudadanos que desean vivir mejor y que no sienten la necesidad de convertir cada diferencia en una batalla ideológica. Esa mayoría existe, aunque haga menos ruido. Y probablemente sea la única capaz de recordar que la política no consiste en escoger entre dos fanatismos, sino en encontrar el mejor camino posible para convivir.

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