Analizando noticia con IA…espere un momento
RESUMEN
Por John Vladimir Bencosme Guzmán
En República Dominicana existen secretos públicos. Todo el mundo los conoce. Nadie los prueba. Y precisamente por eso sobreviven. Uno de ellos es el negocio de las escuchas telefónicas clandestinas: operadores oscuros, exmilitares reciclados, técnicos milagrosos y “empresas de inteligencia” que parecen salidas de una novela barata de espionaje tropical. Todos saben quiénes son. Todos saben cómo operan. Pero nadie los denuncia porque en ese ecosistema la evidencia desaparece con la misma velocidad con la que aparecen los rumores.
Con la extorsión periodística ocurre exactamente lo mismo.
Es una actividad que rara vez deja factura, contrato o recibo. No hay licitaciones públicas para destruir reputaciones. No existe una oficina con letrero luminoso que diga: “Departamento de chantaje mediático”. Todo ocurre en la penumbra de las llamadas “informales”, de los mensajes “entre amigos”, de las publicaciones “casualmente coincidentes”.
La mecánica suele ser bastante simple. Un individuo descubre que insultar, difamar y amenazar produce más rentabilidad que trabajar. Entonces funda un medio digital con nombre grandilocuente, abre dos cuentas en redes sociales y convierte el micrófono en una pistola de alquiler. No informa: presiona. No investiga: intimida. No fiscaliza: cobra peaje.
El método es rudimentario, pero extraordinariamente efectivo en sociedades donde el miedo reputacional vale más que cualquier sentencia judicial. Se escoge un funcionario público o un empresario. Se le dedica una campaña de publicaciones, videos, rumores o “denuncias” ambiguas. Se insinúa que existen expedientes devastadores. Se promete una “serie de revelaciones”. Se activan los comentarios anónimos. Se intoxica el ambiente.
Y luego aparece la verdadera noticia: el problema “puede resolverse”.
A veces el precio es dinero. Otras veces es publicidad institucional. Contratos. Nombramientos. Ayudas personales. Vehículos. Patrocinios. Lo importante no es la ideología, ni la ética, ni el interés público. Lo importante es que el cliente entienda el mensaje: pagar sale más barato que resistir.
El problema es que esta práctica ha contaminado peligrosamente la percepción social del periodismo. Porque cuando el chantaje se disfraza de fiscalización, el ciudadano termina confundiendo al mercenario con el periodista serio. Y ahí comienza una tragedia institucional silenciosa: la destrucción de la credibilidad.
El verdadero periodismo incomoda porque investiga. Porque verifica. Porque revela hechos que el poder quisiera ocultar. Pero el extorsionador mediático incomoda por una razón mucho más vulgar: porque quiere cobrar. Uno busca transparencia; el otro administra miedo.
Y, por supuesto, ambos odian profundamente ser confundidos entre sí.
Lo más fascinante de este ecosistema es su hipocresía moral. Muchos de estos personajes hablan diariamente de corrupción mientras convierten la reputación ajena en un mecanismo de recaudación. Se presentan como “comunicadores independientes”, cuando en realidad funcionan como pequeños carteles reputacionales de baja intensidad. Patriotas en cámara. Cobradores fuera de ella.
El fenómeno tampoco distingue ideologías. La extorsión mediática no es de izquierda ni de derecha. Tiene una sola doctrina: la rentabilidad. Hoy atacan a un ministro; mañana desayunan con él. Hoy incendian a un empresario; mañana lo felicitan por su “visión de país”. La coherencia dura exactamente hasta que aparece una transferencia, una campaña publicitaria o una promesa conveniente.
Naturalmente, no todo comunicador crítico entra en esta categoría. Y conviene decirlo porque los corruptos también suelen usar el argumento de la “extorsión” para desacreditar investigaciones legítimas. Esa es otra perversión del problema: los chantajistas terminan sirviendo de escudo moral para verdaderos corruptos.
Pero negar que el fenómeno existe sería tan ingenuo como negar el negocio de las escuchas clandestinas.
La diferencia es que las escuchas intentan capturar conversaciones privadas. La extorsión periodística intenta secuestrar silencios. Y en muchos casos lo logra.
Mientras tanto, la sociedad observa el espectáculo con esa mezcla dominicana de cinismo y resignación. Todos saben. Todos comentan. Todos susurran nombres en privado. Pero casi nadie habla públicamente porque en este negocio el arma principal no es la verdad, sino el temor.
Y pocas industrias son más lucrativas que vender miedo disfrazado de periodismo.